Todos nos hemos preguntado alguna vez qué es esa estructura de hormigón blanco que asoma junto al Real Club Náutico de Vigo. Para entender qué representa y por qué ocupa ese lugar privilegiado frente a la ría, hay que remontarse a 1992, cuando comienza a gestarse “Abrir Vigo al Mar”, la gran operación urbanística impulsada por el Consorcio de la Zona Franca de Vigo, la Autoridad Portuaria y el Ayuntamiento, para reintegrar la ciudad con el puerto y el mar, cosiendo una fractura histórica entre ambos.
Décadas después, en el Vigo de junio de 2026, ese mismo enclave vuelve a activarse con una nueva mirada. Allí nos espera Raúl Lamarca, responsable de conceptualizar y diseñar uno de los nuevos espacios de moda de la ciudad.

Vigo vuelve a mirar al mar
“Abrir Vigo al Mar” es el proyecto con el que Guillermo Vázquez Consuegra consigue reintegrar la ciudad con el puerto y el mar. La intervención, desarrollada entre A Estrela, As Avenidas, A Laxe y O Berbés, recompone cerca de dos kilómetros de frente marítimo y transforma un borde hasta entonces dominado por el tráfico, las infraestructuras portuarias y una sucesión de espacios residuales en una secuencia continua de plazas, paseos, jardines y plataformas abiertas a la ría.
Más que una simple operación de urbanización, el proyecto reorganiza la relación entre la ciudad y su fachada marítima, permitiendo que Vigo vuelva a bajar al mar de una forma más natural y cotidiana.
Una pieza emblemática del frente marítimo
Entre As Avenidas y A Laxe, la gran estructura de hormigón blanco se concibe como un gran pórtico de acceso a los Jardines de Montero Ríos. Junto a los estanques, la cascada y el puente de granito, esta pieza albergaba un espacio cubierto que, sin embargo, la vorágine de la ciudad y la propia evolución de sus usos nunca llegaron a incorporar del todo a la vida cotidiana.
Durante años pasó casi desapercibido, sometido a ocupaciones y funciones dispares, muy alejadas del imaginario con el que había sido concebido por su proyectista.
Un nuevo espacio in&out en la ciudad
Tras varios años en los que el cierre del espacio y su reforma interior suscitaron distintas controversias sobre la manera de intervenir en él, la propuesta actual llega de la mano del estudio de Raúl Lamarca con la voluntad de resolver ese dilema de forma definitiva.
Su propuesta no solo reactiva una pieza largamente desdibujada dentro del frente marítimo, sino que introduce en Vigo un tipo de espacio poco frecuente: un lugar “in&out” capaz de mantener la ligereza, la ventilación y la relación directa con el mar propias de una terraza, incorporando al mismo tiempo la densidad material, el confort y la sofisticación ambiental más cercanos al lobby de un gran hotel internacional.
Hablamos con Raúl Lamarca, responsable de la conceptualización y diseño de Flamingo, para conocer cómo se afronta la transformación de un espacio tan singular dentro del frente marítimo de Vigo. Una intervención en la que arquitectura, interiorismo y paisaje dialogan para devolver protagonismo a una pieza emblemática de “Abrir Vigo al Mar”, creando un nuevo punto de encuentro entre la ciudad y la ría.

¿Cuál era el principal reto del lugar tal y como os lo encontrasteis: la escala, la relación con el exterior, la técnica o el propio uso?
Para nosotros, el gran reto era la escala. Era un espacio demasiado abierto, demasiado alto y demasiado sólido. Había que conseguir un ambiente agradable sin posibilidad de hacer obra y, sobre todo, sin caer en la solución fácil de acumular muebles en un mismo plano. En un espacio así, no habrían funcionado. El desafío estaba en domesticar esa escala y darle calidez sin perder la fuerza del lugar.
Hablas de un espacio “in&out”. ¿Qué significa exactamente esa idea en este proyecto y cómo se traduce en decisiones concretas?
Nuestra idea era conseguir un espacio con alma de exterior, pero con el confort de un interior.
En Galicia, además, los días de terraceo perfecto no son tantos, así que poder sentir que estás al aire libre, con esa relación directa con el mar y con los jardines, pero protegido de corrientes, lluvias puntuales o cambios de temperatura, me parecía un lujo. Ese equilibrio entre apertura y confort es, en el fondo, la base de todo el proyecto.
¿Cómo se consigue mantener la frescura y la relación con el mar propias de una terraza sin renunciar al confort y la sofisticación de un gran interior?
En este caso, la clave estuvo en el mobiliario. Apostamos por piezas con más presencia, más comodidad y más capacidad de generar estancia que las que normalmente asociamos a una terraza. A eso se suman las grandes alfombras y una distribución pensada por ambientes, que ayuda a que el espacio funcione no solo en verano o en días buenos, sino también en invierno, cuando el local necesita seguir siendo acogedor y agradable. Ese era otro de los grandes retos: que no fuese solo un sitio espectacular con buen tiempo, sino un lugar al que apetezca venir todo el año.

¿Qué peso tuvo la estructura original de Vázquez Consuegra en el proyecto? ¿Se trataba de respetarla, reinterpretarla o dialogar con ella?
El objetivo era dialogar con ella, conseguir que el nuevo uso y la esencia del espacio no entrasen en conflicto. Por eso, por ejemplo, los cierres van de suelo a techo: cuando están abiertos, la idea es que prácticamente desaparezcan y no interfieran en la percepción del lugar. También evitamos introducir elementos sólidos que cortasen el espacio o interrumpiesen los recorridos. Todo está pensado para que las piezas sean móviles, desmontables y visualmente ligeras. Era importante que la intervención no compitiese con la arquitectura, sino que la acompañase.
¿Hasta qué punto este es un proyecto pensado específicamente para Vigo y para su manera de vivir el frente marítimo?
Hasta un punto casi difícil de explicar. Si te paras a pensarlo, en Vigo hay muy pocas terrazas que realmente tengan vistas al mar y, más aún, muy pocas que transmitan de verdad esa sensación de estar en un espacio marítimo. Flamingo te permite disfrutar de las vistas, respirar el mar y sentir la presencia de los jardines al mismo tiempo, sin renunciar a la comodidad de estar en pleno centro. Esa mezcla de ciudad, costa y verde es muy viguesa, y para mí era importante que el proyecto la aprovechase y la pusiese en valor.
¿Qué decisiones de materiales, luz o distribución te parecen más importantes para entender el carácter final del espacio?
Sin duda, la pieza clave es el gran sofá-isla-maceta que diseñamos y fabricamos para el corazón de Flamingo. Es una pieza casi escultórica que organiza todo el espacio y evita precisamente ese efecto de amontonamiento de muebles que queríamos esquivar desde el principio. A su alrededor se generan ambientes más íntimos y cómodos, pero además incorpora vegetación de gran porte, que ayuda mucho tanto a la acústica como a la percepción del espacio. Cuando estás de pie, esa presencia verde también marca el ritmo de la perspectiva y hace que el local se lea de una manera mucho más rica.

Más allá del local, ¿qué te gustaría que esta intervención aportase a la ciudad y a este tramo del frente marítimo?
Me gustaría que ayudase a alargar la ciudad hacia esta zona y a darle más vida en el día a día. Creo que los vigueses bajamos menos de lo que deberíamos a este tramo del frente marítimo, y a veces se nos olvida la ciudad que tenemos.
Vigo es un lugar privilegiado para disfrutar del mar, de la costa y de la naturaleza, y sin embargo muchas veces vivimos de espaldas a eso.
Me gustaría que Flamingo sirviese también para recordar que ese entorno casi salvaje lo tenemos al lado, a unos pasos, y que forma parte de nuestra vida cotidiana.

¿Cuál fue la clave o el punto de partida inspiracional del proyecto?
El propio volumen del local te condiciona y, al mismo tiempo, te inspira. Desde el principio me gustaba pensar en él como una especie de gran lobby atravesado por la brisa marina, un lugar donde el aire y la luz pudiesen cruzar de lado a lado. A partir de ahí aparecieron muchas de las decisiones del proyecto: el gran sofá central, la presencia del verde como contraste con la rotundidad del hormigón y, también, algunos guiños más cálidos y expresivos —ciertos colores, patrones y referencias casi afrofunk— para romper la dureza del espacio y darle una energía más viva.

















