Estamos viviendo momentos de incertidumbre, estamos sufriendo lo que esperemos que sean los últimos coletazos de una pandemia mundial, la COVID 19, hemos vivido situaciones que, si nos lo cuentan, pensaríamos que era un guión de Hollywood, vuelve el género de catástrofes tan de moda en los setenta, pero como se suele decir la realidad supera a la ficción, el mundo se paró, tuvimos que quedarnos en casa confinados.

Es cada vez más frecuente encontrarse con personas que optan por la autoconstrucción de su propia vivienda, de forma total o parcial –las instalaciones requieren de la intervención de empresas especializadas que acrediten el cumplimiento de la normativa correspondiente–. Se trata de una opción –la autoconstrucción– que se sustenta, según argumentan sus partidarios, en el abaratamiento del coste de la vivienda, sin que esto se pueda acreditar con absoluta certeza puesto que no solemos disponer de datos constatados, ni contrastados, al respecto.

Desde hace años se ha querido impulsar la digitalización y la industrialización de los procesos en la edificación para llevar a España al nivel de otros países de nuestro entorno, así como para alcanzar a otros sectores productivos más avanzados en estos términos. Sin embargo, nuestra idiosincrasia y propia trayectoria han hecho que sea durante estos últimos años cuando realmente esté tomando impulso la industrialización alcanzando más allá de las grandes constructoras.