Entrevista

La vivienda que cambia cuando cambia la vida

Juan B. Pons Herrera
Arquitecto
Estudio Gándara
Las viviendas permanecen durante décadas, pero nuestras vidas cambian constantemente. Familias que crecen o se reducen, teletrabajo, envejecimiento, nuevas formas de convivencia o necesidades temporales obligan a reconsiderar hasta qué punto una casa debe responder a un programa cerrado. La vivienda flexible y los nuevos modelos colaborativos plantean otra posibilidad: edificios capaces de adaptarse a sus habitantes, y no al revés.

Las viviendas permanecen durante décadas, pero nuestras vidas cambian constantemente. Familias que crecen o se reducen, teletrabajo, envejecimiento, nuevas formas de convivencia o necesidades temporales obligan a reconsiderar hasta qué punto una casa debe responder a un programa cerrado. La vivienda flexible y los nuevos modelos colaborativos plantean otra posibilidad: edificios capaces de adaptarse a sus habitantes, y no al revés.

Una pareja compra una vivienda de tres dormitorios. Al principio uno sobra y se convierte en despacho. Unos años después llegan los hijos y el despacho desaparece. Más tarde uno de ellos empieza a trabajar desde casa y la mesa del comedor asume funciones para las que nunca fue pensada. Los hijos crecen, se marchan y aparecen dos habitaciones vacías. Quizá un padre mayor necesite entonces vivir una temporada con la familia. Finalmente queda de nuevo la pareja, o solo uno de ellos, habitando una casa proyectada años atrás para un estado familiar que solo duró unos años. La vivienda sigue siendo la misma; la vida no.

Resulta curioso que diseñemos edificios para durar decenas de años y que, sin embargo, muchas de sus viviendas respondan con una sorprendente precisión a la fotografía familiar del día en que se entregan las llaves. Salón, cocina, dormitorio principal, dos dormitorios secundarios, un baño, un aseo y un lavadero. Un programa perfectamente definido para una “familia estándar”. El problema es que ese modelo de familia tipo cada vez existe menos.

Las últimas proyecciones del Instituto Nacional de Estadística apuntan precisamente en esa dirección. En España había a comienzos de 2026 unos 19,8 millones de hogares y, si se mantienen las tendencias actuales, serán cerca de 22 millones en 2041. Pero el cambio interesante no está solamente en la cantidad, sino en su composición: los hogares de una sola persona alcanzarán los 6,7 millones, el 30,6 % del total, convirtiéndose en el tipo de hogar más frecuente. Al mismo tiempo, el número de integrantes de las familias seguirá reduciéndose. No significa que desaparezca la familia tradicional, sino que convivirá con muchas otras situaciones: parejas sin hijos, hogares monoparentales, familias recompuestas, personas que viven solas, mayores independientes, hijos adultos que prolongan su estancia en casa o regresan a ella, cuidadores, estudiantes y trabajadores que necesitan una habitación adicional durante determinados periodos.

A ello se suma una transformación que hace pocos años parecía coyuntural y hoy forma parte de nuestra vida cotidiana: la vivienda también es, en ocasiones, lugar de trabajo. La habitación ha dejado de ser únicamente dormitorio; el salón puede ser comedor, despacho, zona de juegos y sala de reuniones en una misma jornada. Y la cocina, que durante décadas fue apartada del resto de la casa, vuelve a ocupar una posición central en muchas viviendas contemporáneas. Quizá la pregunta ya no debería ser únicamente cuántos dormitorios tiene una vivienda, sino cuántas vidas diferentes puede admitir.

El teletrabajo ha incorporado nuevas funciones a espacios domésticos que originalmente no fueron concebidos para ellas

 

La idea no es nueva. En 1961 el arquitecto holandés N. John Habraken publicó De dragers en de mensen, posteriormente traducido al inglés como Supports: An Alternative to Mass Housing. Habraken proponía diferenciar aquello que debe permanecer —la estructura general del edificio, las instalaciones comunes, las circulaciones— de aquello sobre lo que el usuario debería poder actuar y transformar. La vivienda dejaba así de entenderse como un objeto completamente terminado para convertirse en algo susceptible de evolucionar con sus habitantes. Más de sesenta años después, aquella reflexión conserva toda su vigencia.

La flexibilidad, sin embargo, no debería confundirse necesariamente con sofisticados tabiques móviles, camas que desaparecen dentro de una pared o mecanismos propios de un apartamento japonés de veinte metros cuadrados. Esas soluciones pueden ser interesantes, pero existe una forma mucho más sencilla de proyectar una vivienda adaptable: no impedir que pueda cambiar.

Una estructura ordenada, luces razonables, instalaciones concentradas, habitaciones con dimensiones similares, circulaciones sencillas y una posición inteligente de puertas y ventanas pueden proporcionar mucha más capacidad de transformación que cualquier mecanismo móvil.

Interior de la Casa Rietveld Schröder, Utrecht, proyectada por Gerrit Rietveld en 1924. La planta superior podía transformarse mediante paneles móviles, convirtiendo un espacio abierto en distintas habitaciones según las necesidades de sus habitantes. Fotografía: Olivermal / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

 

Pensemos, por ejemplo, en la habitual diferencia entre el dormitorio principal y los restantes. El primero dispone de mayor superficie, baño propio y frente de armarios; los demás quedan reducidos con frecuencia a dimensiones estrictamente ajustadas a su función prevista. El resultado es una fuerte jerarquía que determina de antemano quién debe ocupar cada espacio. Pero una habitación de proporciones neutras puede ser dormitorio infantil hoy, despacho mañana, habitación de un cuidador dentro de treinta años o incluso incorporarse al salón mediante una intervención sencilla.

La arquitectura tradicional sabía bastante de esto sin utilizar la palabra flexibilidad. Muchas viviendas burguesas del siglo XIX organizaban sus estancias como una sucesión de piezas de tamaño parecido conectadas mediante puertas. Durante décadas podían cambiar de uso sin necesidad de modificar la estructura del edificio. Lo que había sido comedor pasaba a ser dormitorio, biblioteca o despacho porque la habitación no había sido diseñada exclusivamente para una función.

En sentido contrario, algunas plantas contemporáneas son auténticos ejercicios de precisión milimétrica. Una cama cabe porque dispone exactamente de los centímetros necesarios; el armario solo puede colocarse en una pared; la mesa tiene una única posición posible y cualquier cambio de uso exige enfrentarse inmediatamente a instalaciones, pilares o recorridos. Son viviendas extraordinariamente eficientes para hacer una cosa y sorprendentemente ineficientes para hacer cualquier otra.

Pero existe otra posibilidad que resulta todavía más interesante: que no sea cada vivienda la que tenga que resolver individualmente todas las circunstancias posibles de una familia. Aquí aparece la vivienda colaborativa o cohousing.

El concepto suele asociarse inmediatamente con cooperativas, modelos alternativos de propiedad o determinadas formas de vida comunitaria. Pero, desde el punto de vista arquitectónico, contiene una idea mucho más sencilla y perfectamente aplicable a otros tipos de promoción: no todo aquello que utilizamos ocasionalmente necesita estar dentro de nuestra vivienda.

Espacio comunitario interior de Jystrup Savværk Cohousing, Dinamarca. La calle cubierta funciona como prolongación de las viviendas y como lugar cotidiano de relación entre sus habitantes. Proyecto: Tegnestuen Vandkunsten, 1982–1984. Fotografía: seier+seier / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

 

Pensemos en una habitación de invitados. Durante muchos años, disponer de un dormitorio adicional ha sido una aspiración habitual. Es útil cuando vienen los padres, unos amigos o un hijo que ya no vive en casa. El problema es que puede permanecer vacío durante gran parte del año mientras seguimos pagando su construcción, calefacción, mantenimiento y los metros cuadrados que ocupa.

¿Qué ocurriría si un edificio de viviendas dispusiese de dos o tres habitaciones para invitados, con baño, reservables por los propietarios cuando las necesitasen? La vivienda habitual podría ser algo más compacta sin perder esa posibilidad. Lo mismo podría suceder con una gran mesa para veinte personas, una sala donde celebrar un cumpleaños, un pequeño lugar de trabajo, un taller, una lavandería para determinados elementos, una zona infantil o incluso algunas herramientas que utilizamos dos veces al año. En lugar de multiplicar determinadas funciones dentro de cada una de las viviendas, el edificio puede proporcionarlas de forma compartida.

Uno de los ejemplos más interesantes está mucho más cerca de nosotros de lo que pudiera parecer. La Borda, en Barcelona, proyectada por la cooperativa de arquitectos Lacol, es una promoción de 28 viviendas de 40, 60 y 75 metros cuadrados organizada alrededor de un gran patio central. Junto a las viviendas aparecen una cocina-comedor comunitaria, lavandería, espacio polivalente, espacios de almacenamiento, zonas exteriores, un área vinculada a salud y cuidados y habitaciones para invitados.

Cooperativa de viviendas La Borda, Barcelona. Sus 28 viviendas se complementan con cocina-comedor, lavandería, espacios polivalentes, zonas de cuidados y habitaciones comunes para invitados. Proyecto: Lacol Arquitectura Cooperativa. Fotografía: Birasuegi / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

 

La cuestión de los invitados es especialmente significativa. La propia cooperativa explica que existen dos habitaciones comunes que los residentes reservan mediante un calendario, del mismo modo que se gestionan otros espacios comunitarios. Los familiares o amigos pueden quedarse a dormir en el edificio sin que cada vivienda necesite mantener permanentemente un dormitorio vacío para una situación que solo se produce ocasionalmente. No es un detalle menor; aproximadamente un 25 % de la superficie construida de La Borda se destina a espacios comunes, frente a una concepción convencional del edificio residencial donde las superficies comunitarias tienden a reducirse al mínimo imprescindible para acceder desde la calle hasta la puerta de cada vivienda.

Patio central de la cooperativa de viviendas La Borda, Barcelona. Las circulaciones y los espacios comunitarios se organizan alrededor de este gran vacío interior, entendido como una prolongación de la vivienda. Proyecto: Lacol Arquitectura Cooperativa. Fotografía: Birasuegi / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

 

La diferencia no consiste solamente en tener más zonas comunes. Consiste en que esas zonas comunes tienen programa. En muchos edificios residenciales el espacio comunitario es precisamente el espacio al que todavía no hemos asignado una función: portal, rellano, pasillo, escalera, jardín ornamental. En La Borda sucede casi lo contrario. Parte de la vida doméstica sale deliberadamente de la vivienda y encuentra su lugar en el edificio.

Un planteamiento similar aparece en Marmalade Lane, en Cambridge. Sus 42 viviendas privadas se complementan con una Common House, una casa común que incorpora una gran cocina, salón, lavandería, zona de juegos infantiles, espacios para reuniones y actividades, gimnasio, taller y dormitorios de invitados reservables por los residentes. Todo ello se relaciona además con un gran jardín compartido y una calle interior libre de coches.

Marmalade Lane, Cambridge. La promoción combina 42 viviendas privadas con una casa común, jardín compartido y una calle interior sin coches. La casa común incorpora cocina, salón, lavandería, espacios de reunión, taller y dormitorios reservables para invitados. Fotografía: Edward / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

 

El ejemplo resulta especialmente interesante porque demuestra que estas ideas no pertenecen exclusivamente a pequeñas comunidades experimentales. Marmalade Lane surgió de la colaboración entre los futuros residentes, el Ayuntamiento de Cambridge y empresas promotoras y constructoras, integrando el modelo de cohousing dentro de una operación residencial contemporánea.

Marmalade Lane demuestra que la vivienda colaborativa puede combinar ámbitos privados convencionales con espacios que solo tiene sentido utilizar ocasionalmente y de manera compartida. Cambridge, Reino Unido. Fotografía: Edward / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0

 

En Zúrich, la cooperativa Kalkbreite lleva esta lógica todavía más lejos. Sus edificios combinan viviendas convencionales con apartamentos en cluster, grandes viviendas compartidas, espacios de trabajo, cocinas comunitarias, salas de música y habitaciones de huéspedes. La cooperativa explica su planteamiento de una manera especialmente reveladora: reducir superficie privada es posible cuando determinadas necesidades pueden satisfacerse mediante espacios compartidos. Sus habitaciones para invitados funcionan incluso como un pequeño guesthouse, disponible también para usuarios externos cuando no lo necesitan los residentes.

Cooperativa Kalkbreite, Zúrich. El edificio combina diferentes tipologías de vivienda con cocinas comunitarias, espacios de trabajo, habitaciones de huéspedes y otros servicios compartidos, reduciendo la necesidad de duplicar determinadas funciones dentro de cada vivienda. Fotografía: Bub37 / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

 

No se trata, por supuesto, de convertir cualquier edificio de viviendas en una comuna; ni todos los compradores desean compartir espacios ni todas las comunidades están preparadas para gestionar instalaciones comunes complejas. Estos lugares requieren normas, mantenimiento, sistemas de reserva, gastos y una cierta cultura de convivencia. Un espacio comunitario que nadie utiliza no es una innovación: simplemente es un coste.

Por eso probablemente la lección más interesante del cohousing para la promoción convencional no sea copiar el modelo completo, sino observar qué necesidades puede resolver mejor el edificio que cada vivienda por separado.

Una habitación de invitados puede ser un ejemplo. Una sala comunitaria vinculada a un jardín puede ser otro. Un pequeño espacio de coworking puede permitir que treinta propietarios no tengan que reservar permanentemente una habitación de su casa para teletrabajar dos días por semana. Incluso el tradicional salón social de una comunidad puede replantearse. No necesariamente como una gran estancia vacía con algunas sillas apiladas en una esquina, sino como un espacio cuidadosamente diseñado para admitir diferentes usos y suficientemente atractivo para que los vecinos quieran utilizarlo. En realidad, el razonamiento es parecido al que aplicamos desde hace décadas a otros elementos del edificio. Nadie plantea que cada vivienda necesite su propio ascensor, su propio cuarto de contadores o su propia rampa de garaje. Compartimos aquellas infraestructuras que tiene sentido compartir.

Quizá podamos ampliar ligeramente esa lógica a algunas funciones domésticas. Esto no significa renunciar al espacio privado. Al contrario. El éxito de estos modelos depende precisamente de que exista una separación muy clara entre aquello que pertenece al ámbito íntimo y aquello que voluntariamente se comparte. Una vivienda colaborativa funciona cuando el residente puede elegir entre estar con los demás y cerrar la puerta de su casa. La arquitectura tiene entonces que construir todos los grados intermedios entre ambos extremos.

La vivienda. El umbral. La galería. El rellano. El patio. La cocina común. El jardín. La calle.

La calidad de esos espacios intermedios puede ser tan importante como la de las propias viviendas.

La adaptabilidad también puede producirse hacia el exterior. Uno de los ejemplos más conocidos de las últimas décadas es la transformación de 530 viviendas del Grand Parc de Burdeos realizada por Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal junto a Frédéric Druot y Christophe Hutin. En lugar de demoler los bloques residenciales existentes, la intervención añadió jardines de invierno y balcones, proporcionando más superficie, luz y posibilidades de uso a viviendas que continuaron ocupadas durante las obras.

La operación resulta interesante porque esos nuevos metros cuadrados no reciben una función demasiado precisa. Pueden ser terraza, comedor ocasional, jardín, zona de juegos o simplemente espacio. Y quizá ahí esté una de las claves. Durante mucho tiempo la arquitectura residencial ha entendido el proyecto como un producto terminado. Se dibuja hasta el último mueble, se fotografía la vivienda perfectamente ordenada y se entrega al comprador una imagen de cómo debe habitarla.

Transformación de 530 viviendas en el Grand Parc de Burdeos. La incorporación de jardines de invierno y balcones amplía las viviendas existentes y genera nuevos espacios de uso flexible. Anne Lacaton & Jean-Philippe Vassal, Frédéric Druot y Christophe Hutin, 2016. Fotografía: Philippe Ruault.

 

El proyecto de una vivienda no termina cuando se entrega. En realidad, ese es exactamente el momento en el que empieza. A partir de entonces aparecerán muebles distintos a los dibujados, bicicletas donde no estaban previstas, cunas que se transformarán en camas, mesas de trabajo, instrumentos musicales, mascotas, carros de niños, maletas, sillas de ruedas o simplemente demasiados objetos acumulados durante años. La arquitectura tendrá que negociar permanentemente con la imprevisible realidad de sus habitantes.

Desde el punto de vista de la promoción inmobiliaria, esta capacidad de adaptación tampoco debería entenderse como una abstracción teórica. Una vivienda capaz de responder a diferentes etapas vitales amplía potencialmente el número de compradores interesados y prolonga su vida comercial.

Una habitación ligeramente más ancha, una puerta correctamente situada o la posibilidad de unir dos estancias pueden tener un coste insignificante durante la construcción y un enorme valor años después. Y una promoción que complementa la vivienda privada con determinados servicios comunes puede ofrecer algo todavía más interesante: más posibilidades sin que todas ellas tengan que estar encerradas dentro de los metros cuadrados de cada vivienda.

Puede que en el futuro resulte más atractivo disponer de una vivienda de dos dormitorios y acceso a dos habitaciones de invitados comunes que pagar durante décadas por un tercer dormitorio utilizado diez días al año. Quizás un buen espacio común de trabajo sea más útil que treinta pequeños despachos improvisados. Una gran cocina comunitaria utilizada ocasionalmente permite que nuestra cocina cotidiana no tenga que estar preparada para recibir a veinte personas. No existe una respuesta única. Precisamente de eso se trata. Lo importante es empezar a entender el edificio residencial no únicamente como una suma de propiedades privadas conectadas mediante pasillos, sino como una pequeña infraestructura capaz de ofrecer diferentes grados de privacidad, comunidad y servicio.

También la accesibilidad forma parte de esta reflexión. Una vivienda en la que resulta relativamente sencillo adaptar un baño, eliminar una puerta o modificar una distribución permite a sus habitantes permanecer más tiempo en ella a medida que envejecen. Y un edificio con espacios compartidos puede facilitar además otras formas de apoyo, relación y cuidados que difícilmente caben dentro de una vivienda convencional.

No se trata de construir viviendas mayores indiscriminadamente. El precio del suelo y de la construcción obliga precisamente a utilizar cada metro cuadrado con inteligencia. Lo interesante es distinguir entre superficie y capacidad. Dos viviendas con idénticos metros cuadrados pueden ofrecer posibilidades completamente diferentes. Del mismo modo, dos promociones con idéntica superficie construida pueden distribuir de manera muy distinta la frontera entre lo individual y lo colectivo.

La promoción residencial se ha sofisticado enormemente en eficiencia energética, sostenibilidad, instalaciones y prestaciones técnicas. Medimos transmitancias, demandas energéticas, aislamiento acústico y consumo de agua con una precisión difícilmente imaginable hace unas décadas. Tal vez deberíamos empezar a valorar también otra cualidad menos sencilla de introducir en una hoja de cálculo: la capacidad de un edificio para aceptar el paso del tiempo. Porque la sostenibilidad no consiste únicamente en consumir menos energía. Un edificio que puede adaptarse evita reformas profundas, residuos y, en último término, su propia obsolescencia. Una habitación que cambia de función, una vivienda que puede redistribuirse o un espacio común capaz de resolver necesidades que aparecen y desaparecen forman parte de la misma idea.

El mercado inmobiliario suele vender certezas: tres dormitorios, dos baños, terraza de doce metros cuadrados, plaza de garaje y trastero. Son datos necesarios y perfectamente cuantificables. Pero quizá haya otro argumento de venta más difícil de fotografiar: explicar al comprador que esa vivienda y ese edificio están preparados no solo para quien es hoy, sino también para quien probablemente será dentro de veinte años.

Un niño que todavía no existe. Un trabajo que aún no tenemos. Una persona mayor que necesitará ayuda. Un hijo que vuelve. Un amigo que se queda unos días. Una habitación que deja de ser dormitorio. Un espacio que hoy compartimos y mañana tendrá otro uso. Proyectamos para usuarios que no conocemos y para circunstancias que no podemos prever. Esa incertidumbre, lejos de ser un problema, debería formar parte del proyecto. Porque probablemente una buena vivienda no sea la que mejor resuelve una determinada forma de vivir, sino la que permite muchas.

La vida cambia. La vivienda debería poder hacerlo con ella.

“La interacción de las personas con su entorno inmediato es esencial para el bienestar cotidiano.”

N. John Habraken.

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