Ubicado en uno de los enclaves más singulares de la costa gallega, el Faro Silleiro se ha transformado en un hotel boutique donde arquitectura, paisaje e interiorismo conviven con naturalidad. Lejos de recurrir a fórmulas previsibles, el proyecto apuesta por una identidad propia capaz de convertir un espacio con una fuerte carga histórica en una experiencia contemporánea y diferencial. Hablamos con Raúl Lamarca, responsable del diseño interior, sobre los retos de intervenir un faro en uso y sobre cómo la coherencia entre concepto, ejecución y narrativa puede elevar el valor de un activo único.
La transformación del Faro Silleiro en hotel boutique exigía algo más que una intervención estética: requería construir una identidad capaz de estar a la altura de un enclave excepcional. Hablamos con Raúl Lamarca, responsable del diseño interior del proyecto, sobre el reto de intervenir un faro en uso, la importancia de la relación con la propiedad y cómo un espacio singular puede convertirse en un activo diferencial.
¿Cómo nace el proyecto del hotel boutique en el faro de Silleiro?
El proyecto surge como un reto complejo, tanto por la exigencia de los plazos como por la singularidad del activo: un faro en uso. Desde el inicio entendimos que no era solo una intervención de interiorismo, sino una operación sobre un inmueble con una identidad muy definida y con un alto potencial como producto experiencial.
¿Qué destacarías de la relación con la propiedad?
La confianza de Lighthouse Baiona fue determinante. Nos permitió trabajar con libertad y tomar decisiones con agilidad, algo clave cuando hay que equilibrar tiempos, costes y calidad. En este tipo de activos, esa alineación entre propiedad y equipo es fundamental para no perder valor por el camino.
Cuando el activo ya es singular, el riesgo es banalizarlo con un discurso demasiado literal. El planteamiento fue construir un lenguaje propio que reforzara la identidad del lugar y lo posicionara como una experiencia diferenciada, no como un hotel más.
¿Cuál fue el enfoque conceptual del proyecto?
Teníamos claro que no podíamos recurrir a soluciones evidentes como la temática náutica. Cuando el activo ya es singular, el riesgo es banalizarlo con un discurso demasiado literal. El planteamiento fue construir un lenguaje propio que reforzara la identidad del lugar y lo posicionara como una experiencia diferenciada, no como un hotel más.
¿Dónde está, desde tu punto de vista, el valor del proyecto?
En haber entendido que el continente ya era extraordinario, y que el interior debía estar a su altura. El objetivo no era “decorar” el faro, sino convertirlo en un producto coherente, donde espacio, narrativa y experiencia estuvieran alineados. Ese tipo de coherencia es lo que realmente genera valor a largo plazo.
¿Qué papel juega la ejecución en un proyecto así?
Total. La complejidad geométrica del faro obligó a desarrollar prácticamente todo a medida. El trabajo ad hoc no es una cuestión estética, sino una necesidad para que el espacio funcione. Cuando se resuelve bien, no solo mejora la experiencia, sino que optimiza el uso del espacio y refuerza la percepción de calidad del activo.
¿Hay alguna referencia clave en el desarrollo creativo?
Durante el proceso apareció una inspiración interesante en el universo de Tintín, especialmente por la relación entre arquitectura, aventura y narrativa. A partir de ahí se desarrolló una paleta cromática intensa que aporta identidad sin caer en clichés.
¿Qué aprendizajes crees que son trasladables a otros proyectos inmobiliarios?
Que la diferenciación real no está en el presupuesto, sino en el enfoque. Cuando el proyecto parte de una idea clara y se ejecuta con coherencia, el resultado trasciende lo puramente estético y se convierte en un activo con identidad propia. Eso es lo que permite posicionarse mejor en mercado y generar mayor valor.









