La evolución de los sistemas de medición y control para la calidad del aire interior y su impacto en espacios más saludables

Fermín Subires Rubio
Director Mercado Iberia
Portavoz de Airzone

En los últimos años, la calidad del aire interior ha pasado de ser un asunto secundario a ocupar un lugar central en el diseño y la gestión de los edificios. El avance de un clima más extremo, los cambios normativos, las nuevas formas de uso de los espacios y una preocupación creciente por la salud han impulsado una transformación profunda de los sistemas de medición y control ambiental. Hoy ya no basta con regular la temperatura: es necesario entender y gestionar todas las variables que influyen en la salubridad y el confort interior.

La evolución de estos sistemas ha sido notable. Las primeras soluciones se limitaban a termostatos analógicos que actuaban de manera uniforme en todo el edificio, sin atender a factores como la ocupación, la orientación solar, las características constructivas o el uso real de cada estancia. Con el tiempo, la necesidad de mejorar la eficiencia energética abrió paso a sistemas capaces de regular la climatización de forma más precisa. La zonificación automática representó un cambio decisivo al permitir ajustar la temperatura en función de la demanda real de cada espacio. La normativa en obra nueva consolidó esta transición al exigir equipos modulables y estrategias de control que evitaran consumos excesivos y pérdidas de confort.

En paralelo, la medición ambiental ha ganado profundidad. La comunidad técnica y científica amplió el foco más allá de la temperatura para incluir indicadores como el dióxido de carbono, las partículas en suspensión, los compuestos orgánicos volátiles o la humedad relativa. Estos parámetros permiten comprender cómo se comporta un espacio y cómo influye en la salud de quienes lo ocupan. Normativas como el Código Técnico de la Edificación ya exigen niveles mínimos de ventilación basados en valores medibles, lo que ha impulsado la integración de sensores que monitorizan estos parámetros en tiempo real. Un exceso de CO₂ puede generar fatiga o pérdida de concentración; niveles elevados de partículas o compuestos químicos se relacionan con irritaciones o problemas respiratorios. Medir estos indicadores permite anticiparse a estos efectos y corregirlos antes de que afecten al bienestar.

Las condiciones exteriores también han cobrado un peso mayor. Episodios de calor extremo, calima, incendios o sequías alteran la calidad del aire exterior y, por extensión, la del aire que entra en los edificios. En esta situación, los sistemas ya no pueden limitarse a regular equipos: deben interpretar lo que ocurre fuera, anticiparse y compensar las variaciones ambientales para mantener condiciones interiores estables.

En este avance hacia un control más completo, la incorporación de tecnologías de purificación activa —como los sistemas de ionización— ha adquirido un papel creciente. Estas soluciones, capaces de reducir partículas en suspensión y ciertos microorganismos, se están extendiendo tanto en edificios residenciales como terciarios a medida que aumenta la preocupación por los efectos de la mala calidad del aire en la salud. La evidencia científica respalda esta tendencia: exposiciones prolongadas a niveles elevados de CO₂ o partículas pueden provocar fatiga, dolor de cabeza, irritación ocular o problemas respiratorios, y llegar a afectar al rendimiento cognitivo. Por ello, es cada vez más habitual que los sistemas de control integren dispositivos de purificación junto con sensores que monitorizan en tiempo real parámetros críticos como CO₂, partículas o compuestos volátiles, activando automáticamente los mecanismos necesarios para mantener un ambiente saludable sin comprometer la eficiencia energética.

En la última década, la digitalización ha acelerado decisivamente este proceso. La gestión ambiental ha pasado de intervenciones manuales a sistemas inteligentes capaces de aprender del comportamiento del edificio y de sus ocupantes. Los algoritmos de predicción permiten ajustar la climatización con antelación, considerando la inercia térmica, la ocupación prevista o incluso el precio futuro de la energía. Esto evita consumos innecesarios y reduce la necesidad de sobredimensionar equipos. Todo ello forma parte de un ecosistema digital en el que sensores, sistemas de seguridad o dispositivos de control interoperan para ofrecer una visión integral y coherente del edificio.

La conectividad en la nube añade una capa adicional de eficiencia. Al analizar de manera continua datos de consumo, condiciones ambientales y patrones de uso, estos sistemas pueden proponer ajustes que optimizan el funcionamiento diario. Este enfoque mejora la calidad del aire interior y contribuye a una gestión energética más responsable, especialmente relevante en un contexto de electrificación creciente y de oscilaciones previstas en la demanda. La capacidad de anticiparse a picos de consumo es ya una competencia estratégica: los sistemas avanzados pueden preparar la climatización antes de esos momentos críticos, reduciendo la presión sobre la red y preservando el confort.

El impacto de esta evolución es doble. Por un lado, contribuye a reducir el consumo energético y las emisiones asociadas a los edificios, responsables de cerca del 40% de la energía que utilizan. Por otro lado, influye de forma directa en la salud y el bienestar. Mantener una ventilación adecuada, limitar la exposición a contaminantes, controlar la humedad y garantizar un confort térmico homogéneo son elementos esenciales para que los espacios sean realmente seguros y saludables.

De cara al futuro, la tendencia se orienta hacia edificios capaces de aprender, anticiparse y autorregularse. La integración con energías renovables, la gestión predictiva de la demanda y el uso de modelos basados en inteligencia artificial configurarán la próxima generación de espacios. Esto permitirá no solo reducir consumos, sino también responder con solvencia a episodios de estrés energético sin que el usuario pierda confort.

La evolución de los sistemas de medición y control de la calidad del aire interior responde, en definitiva, a un nuevo paradigma energético, ambiental y social. Sus beneficios van más allá de la climatización: permiten crear espacios más sostenibles, resilientes y saludables. A medida que los edificios adopten un papel más activo en la protección de la salud y en la transición energética, estos sistemas serán esenciales para garantizar que los lugares en los que vivimos y trabajamos estén preparados para los retos del presente y del futuro.

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